lunes, 6 de septiembre de 2010

El valor de pasar el invierno viviendo en una mediagua

Tras seis meses en una construcción de emergencia, la vida para muchos talquinos ha mostrado un rostro desconocido

TALCA.- El atardecer cae directo sobre la explanada verde de la plaza Abate Molina, lugar que entrega una panorámica gigantesca del horizonte, con el cordón montañoso del cerro La Virgen que exhibe la potencia solar a contraluz. En la esquina de la plaza hubo durante muchos años una casa gigante, como casa esquina, donde muchas familias vivieron alegres junto al parque, a los árboles, a la vida. Hoy Luz Sepúlveda vive casi sola, con familiares que poco ve, la edificación de adobe fue drásticamente sustituida por una mediagua, entonces la señora Luz ya no ríe tanto, sale de ella y mira la plaza, mira el horizonte y algo recuerda que se alegra.

El terremoto se llevó miles de añosas construcciones, particularmente la casa de la señora Luz se cayó de golpe, recuerda que “se movía todo y no veíamos nada, pero el ruido daba susto, la casa se cayó altiro, en el acto. Acá vivía con una abuelita que se había ido poco antes, y quizá qué hubiera pasado, porque ella dormía en una pieza que se desmoronó en el momento del temblor”.

BARRO Y FRIO

Luego de la demolición, Luz Sepúlveda debió acostumbrarse a la vida en carpa, donde estuvo más de tres meses lidiando con el barro. A su edad, el frío fue un detonante que afectó una salud hasta ahora inalterable, cuenta que “había que pasar todos los días por el barro, en la carpa adentro quedaba mojado, entonces había barro por todas partes”.

Mas aún, la llegada de una mediagua fue una espera que se extendió demasiado, explica que “costó mucho que nos trajeran la mediagua, por eso que todavía no está terminada, tuvimos que ir mucho a la municipalidad, si incluso todavía están entregando algunas acá en el barrio”. Entre paneles y plumavit, la comodidad escasea: “Acá es difícil sentirse bien porque todo se está arreglando y todas nuestras cosas están en otra casa, donde una vecina, acá no hay nada seguro, todo es provisorio y hay que estar moviendo las cosas para arreglar esto o lo otro”.

INCOMPATIBLES

Las diferencias entre el pasado y su presente no admiten comparación entre el adobe y la mediagua, Sepúlveda recuerda que “era una casa muy antigua, uno tenía mucha comodidad, acostumbrado a estar a todo campo, aquí es muy chico todo, por ejemplo en la cocina, para pelar una papa se te complica todo, no tengo comedor, entonces no me acostumbro”. La vivienda de emergencia trajo consigo el invierno más helado que Luz Sepúlveda tenga recuerdo: “A veces me faltaba carbón, porque ahora hay que estar con calefacción, pero vino gente a darnos cosas, nos traían carbón, de la iglesia venían a dejarme ropa y cosas, con la ayuda que recibíamos era mejor, porque estuvimos como tres meses en carpa, pisando en el barro, solos”.

A seis meses del terremoto, la vida en una mediagua pasa lento y la alegría se desvanece. La señora Luz explica que “no tengo muchas ganas de celebrar el dieciocho, creo que me quedaré aquí en mi casa nomás, si todavía quedan muchas cosas que arreglar”. Hace una pausa y mira hacia afuera, la primavera le permite sentirse mejor, confiar en el futuro, “ojalá el calor nos permita estar bien, al menos ya no llueve, no está helado, esperemos que las cosas mejoren”.

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